"Acuérdate de tus postrimerías y no pecarás jamás" (Eclo. 7,40) (IV)

La Muerte

Sabia sentencia nos regala el autor del Eclesiástico, consejo que practicado frecuentemente nos instala en la misma sabiduría de la que ella es portadora.

Esta sabiduría consiste en situarnos en lo real, en liberarnos de las ilusiones y vanas ensoñaciones de un "yo" irreal, que persigue su propia alabanza, sus propios y egoístas intereses, en un frenesí que suele convertir al hombre en una masa ansiosa de deseos esclavizantes.

Y nos situa en lo real porque desenmascara todas esas ilusiones tras las cual corremos infantilmente, y nos marca nuestro fin, nuestro destino, nuestra meta. Desde esta posición todo adquiere su verdadera dimensión, relativizando todo aquello que absolutizamos y que, a causa de esta absolutización, absorbe todas nuestras mejores energías. La frecuente consideración de estas realidades llamadas postrimerías, lejos de aislarnos del mundo y de las realidades terrenas y hacernos caer en un descuido irresponsable de ellas, nos hacen tomarlas en cuenta con mayor responsabilidad, seriedad y amor. El saber cuál es nuestro verdadero destino, la dignidad de nuestro ser y de todo lo creado, hace que nos vinculemos con nuestros semejantes y el resto de la creación en unas relaciones marcadas por la "verdad", el "amor" y el cuidado responsable. Por el contrario, un olvido del más allá, suele ser causa de una relaciones utilitarias y muchas veces degradantes y criminales con el resto de la creación.

De allí el "no pecarás" que muchas veces se ha criticado como una invitación a unas relaciones basadas en el temor. Hay que señalar entonces que no se trata de un temor esclavizante sino de un Santo temor. El Santo temor de vivir para siempre alejados de Dios por nuestra propia responsabilidad, nuestra propia decisión de cerrarnos a Dios. Además, pensar en las postrimerías incluye la consideración de nuestro sublime llamado a la vida de amistad y unión con Dios, que nos colma de felicidad y nos hace adherirnos ya aquí en la tierra a la voluntad de Dios y evita que caigamos en el mal. Es verdad que el temor nos ayuda a no pecar, especialmente el Santo temor que debemos cultivar, pero sobremanera nos ayuda el amor a Dios, a lo que ayuda entre otras cosas las consideraciones sobre la vidad eterna, aquella de entre "las postrimerías" a las cuales nos llama Dios.

Meditemos y acordémonos frecuentemente de estas realidades. Estas consideraciones nos ayudan a adquirir la espiritualidad del "Sólo Dios basta", nos dirán que todo es efímero en este mundo, que toda gloria es vana, que nuestra verdadera gloria y felicidad, pregustada en la tierra tiene su cumplimiento en el cielo, y que lejos de hacernos despreciar esta vida nos ayuda a vivirla con más amor y responsabilidad, como camino y anticipo de la verdadera vida. Estas consideraciones nos ayudarán a comprender que "Sólo Dios basta".

Dejo a continuación, las enseñanzas de Juan Pablo II y del Catecismo de la Iglesia Católica sobre las llamadas postrimerías. Son doctrina segura para seguir y así evitar cualquier comentario erróneo de mi parte que hubiera cometido o pueda cometer por desconocimiento. En este caso seguirán, las enseñanzas sobre la Muerte.



Catequesis de Juan Pablo II sobre la muerte

La muerte como encuentro con el Padre





1. Después de haber reflexionado sobre el destino común de la humanidad, tal como se realizará al final de los tiempos, hoy queremos dirigir nuestra atención a otro tema que nos atañe de cerca: el significado de la muerte. Actualmente resulta difícil hablar de la muerte porque la sociedad del bienestar tiende a apartar de sí esta realidad, cuyo solo pensamiento le produce angustia. En efecto, como afirma el Concilio, «ante la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su culmen» (Gaudium et spes, 18). Pero sobre esta realidad la palabra de Dios, aunque de modo progresivo, nos brinda una luz que esclarece y consuela.
En el Antiguo Testamento las primeras indicaciones nos las ofrece la experiencia común de los mortales, todavía no iluminada por la esperanza de una vida feliz después de la muerte. Por lo general se pensaba que la existencia humana concluía en el «sheol», lugar de sombras, incompatible con la vida en plenitud. A este respecto son muy significativas las palabras del libro de Job: «¿No son pocos los días de mi existencia? Apártate de mí para que pueda gozar de un poco de consuelo, antes de que me vaya, para ya no volver, a la tierra de tinieblas y de sombras, tierra de negrura y desorden, donde la claridad es como la oscuridad» (Jb 10, 20-22).
2. En esta visión dramática de la muerte se va abriendo camino lentamente la revelación de Dios, y la reflexión humana descubre un nuevo horizonte, que recibirá plena luz en el Nuevo Testamento.
Se comprende, ante todo, que, si la muerte es el enemigo inexorable del hombre, que trata de dominarlo y someterlo a su poder, Dios no puede haberla creado, pues no puede recrearse en la destrucción de los hombres (cf. Sb 1, 13). El proyecto originario de Dios era diverso, pero quedó alterado a causa del pecado cometido por el hombre bajo el influjo del demonio, como explica el libro de la Sabiduría: «Dios creó al hombre para la incorruptibilidad; le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sb 2, 23-24). Esta concepción se refleja en las palabras de Jesús (cf. Jn 8, 44) y en ella se funda la enseñanza de san Pablo sobre la redención de Cristo, nuevo Adán (cf. Rm 5, 12.17; 1 Co 15, 21). Con su muerte y resurrección, Jesús venció el pecado y la muerte, que es su consecuencia.
3. A la luz de lo que Jesús realizó, se comprende la actitud de Dios Padre frente a la vida y la muerte de sus criaturas. Ya el salmista había intuido que Dios no puede abandonar a sus siervos fieles en el sepulcro, ni dejar que su santo experimente la corrupción (cf. Sal 16, 10). Isaías anuncia un futuro en el que Dios eliminará la muerte para siempre, enjugando «las lágrimas de todos los rostros» (Is 25, 8) y resucitando a los muertos para una vida nueva: «Revivirán tus muertos; tus cadáveres resurgirán. Despertarán y darán gritos de júbilo los moradores del polvo; porque rocío luminoso es tu rocío, y la tierra parirá sombras» (Is 26, 19). Así, en vez de la muerte como realidad que acaba con todos los seres vivos, se impone la imagen de la tierra que, como madre, se dispone al parto de un nuevo ser vivo y da a luz al justo destinado a vivir en Dios. Por esto, «aunque los justos, a juicio de los hombres, sufran castigos, su esperanza está llena de inmortalidad» (Sb 3, 4).
La esperanza de la resurrección es afirmada magníficamente en el segundo libro de los Macabeos por siete hermanos y su madre en el momento de sufrir el martirio. Uno de ellos declara: «Por don del cielo poseo estos miembros; por sus leyes los desdeño y de él espero recibirlos de nuevo» (2 M 7, 11). Otro, «ya en agonía, dice: es preferible morir a manos de hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él» (2 M 7, 14). Heroicamente, su madre los anima a afrontar la muerte con esta esperanza (cf. 2 M 7, 29).
4. Ya en la perspectiva del Antiguo Testamento los profetas exhortaban a esperar «el día del Señor» con rectitud, pues de lo contrario sería «tinieblas y no luz» (cf. Am 5, 18.20). En la revelación plena del Nuevo Testamento se subraya que todos serán sometidos a juicio (cf. 1 P 4, 5; Rm 14, 10). Pero ante ese juicio los justos no deberán temer, dado que, en cuanto elegidos, están destinados a recibir la herencia prometida; serán colocados a la diestra de Cristo, que los llamará «benditos de mi Padre» (Mt 25, 34; cf. 22, 14; 24, 22. 24).
La muerte que el creyente experimenta como miembro del Cuerpo místico abre el camino hacia el Padre, que nos demostró su amor en la muerte de Cristo, «víctima de propiciación por nuestros pecados» (cf. 1 Jn 4, 10; cf. Rm 5, 7). Como reafirma el Catecismo de la Iglesia católica, la muerte, «para los que mueren en la gracia de Cristo, es una participación en la muerte del Señor, para poder participar también en su resurrección» (n. 1006). Jesús «nos ama y nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados, y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre» (Ap 1, 5-6). Ciertamente, es preciso pasar por la muerte, pero ya con la certeza de que nos encontraremos con el Padre cuando «este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad» (1 Co 15, 54). Entonces se verá claramente que «la muerte ha sido devorada en la victoria» (1 Co 15, 54) y se la podrá afrontar con una actitud de desafío, sin miedo: «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» (1 Co 15, 55).
Precisamente por esta visión cristiana de la muerte, san Francisco de Asís pudo exclamar en el Cántico de las criaturas: «Alabado seas, Señor mío, por nuestra hermana la muerte corporal» (Fuentes franciscanas, 263). Frente a esta consoladora perspectiva, se comprende la bienaventuranza anunciada en el libro del Apocalipsis, casi como coronación de las bienaventuranzas evangélicas: «Bienaventurados los que mueren en el Señor. Sí -dice el Espíritu-, descansarán de sus fatigas, porque sus obras los acompañan» (Ap 14, 13).


Textos del Catecismo de la Iglesia Católica


La muerte
1006 "Frente a la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su cumbre" (GS 18). En un sentido, la muerte corporal es natural, pero por la fe sabemos que realmente es "salario del pecado" (Rm 6, 23; cf. Gn 2, 17). Y para los que mueren en la gracia de Cristo, es una participación en la muerte del Señor para poder participar también en su Resurrección (cf. Rm 6, 3-9; Flp 3, 10-11).
1007 La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida. Este aspecto de la muerte da urgencia a nuestras vidas: el recuerdo de nuestra mortalidad sirve también para hacernos pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a término nuestra vida:
«Acuérdate de tu Creador en tus días mozos [...], mientras no vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio» (Qo 12, 1. 7).
1008 La muerte es consecuencia del pecado. Intérprete auténtico de las afirmaciones de la Sagrada Escritura (cf. Gn 2, 17; 3, 3; 3, 19; Sb 1, 13; Rm 5, 12; 6, 23) y de la Tradición, el Magisterio de la Iglesia enseña que la muerte entró en el mundo a causa del pecado del hombre (cf. DS 1511). Aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo destinaba a no morir. Por tanto, la muerte fue contraria a los designios de Dios Creador, y entró en el mundo como consecuencia del pecado (cf. Sb 2, 23-24). "La muerte temporal de la cual el hombre se habría liberado si no hubiera pecado" (GS 18), es así "el último enemigo" del hombre que debe ser vencido (cf. 1 Co 15, 26).
1009 La muerte fue transformada por Cristo. Jesús, el Hijo de Dios, sufrió también la muerte, propia de la condición humana. Pero, a pesar de su angustia frente a ella (cf. Mc 14, 33-34; Hb 5, 7-8), la asumió en un acto de sometimiento total y libre a la voluntad del Padre. La obediencia de Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición (cf. Rm 5, 19-21).
El sentido de la muerte cristiana
1010 Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. "Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia" (Flp 1, 21). "Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con él, también viviremos con él" (2 Tm 2, 11). La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente "muerto con Cristo", para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este "morir con Cristo" y perfecciona así nuestra incorporación a El en su acto redentor:
«Para mí es mejor morir en (eis) Cristo Jesús que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a Él, que ha muerto por nosotros; lo quiero a Él, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima [...] Dejadme recibir la luz pura; cuando yo llegue allí, seré un hombre» (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Romanos 6, 1-2).
1011 En la muerte, Dios llama al hombre hacia sí. Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de san Pablo: "Deseo partir y estar con Cristo" (Flp 1, 23); y puede transformar su propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de Cristo (cf. Lc 23, 46):
«Mi deseo terreno ha sido crucificado; [...] hay en mí un agua viva que murmura y que dice desde dentro de mí "ven al Padre"» (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Romanos 7, 2).
«Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir» (Santa Teresa de Jesús, Poesía, 7).
«Yo no muero, entro en la vida» (Santa Teresa del Niño Jesús, Lettre (9 junio 1987).
1012 La visión cristiana de la muerte (cf. 1 Ts 4, 13-14) se expresa de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia:
«La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo. (Misal Romano, Prefacio de difuntos).
1013 La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido fin "el único curso de nuestra vida terrena" (LG 48), ya no volveremos a otras vidas terrenas. "Está establecido que los hombres mueran una sola vez" (Hb 9, 27). No hay "reencarnación" después de la muerte.
1014 La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte ("De la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor": Letanías de los santos), a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros "en la hora de nuestra muerte" (Avemaría), y a confiarnos a san José, patrono de la buena muerte:

«Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás aparejado, ¿cómo lo estarás mañana?» (De imitatione Christi 1, 23, 1).
«Y por la hermana muerte, ¡loado mi Señor!
Ningún viviente escapa de su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!»
(San Francisco de Asís, Canticum Fratris Solis)

La Creación (I)

          He querido dejar algunas reflexiones sobre la creación, reconociendo la importancia que tiene este tema para nuestra vida y siguiendo la enseñanza que vemos en el Catecismo de la Iglesia Católica en su número 282 diciendo: “La catequesis sobre la Creación reviste una importancia capital. Se refiere a los fundamentos mismos de la vida humana y cristiana: explicita la respuesta de la fe cristiana a la pregunta básica que los hombres de todos los tiempos se han formulado: "¿De dónde venimos?" "¿A dónde vamos?" "¿Cuál es nuestro origen?" "¿Cuál es nuestro fin?" "¿De dónde viene y a dónde va todo lo que existe?" Las dos cuestiones, la del origen y la del fin, son inseparables. Son decisivas para el sentido y la orientación de nuestra vida y nuestro obrar”.





           Sí, no son meras especulaciones que no tengan actualidad, son decisivas para el sentido y la orientación de nuestra vida y nuestro obrar. Comienzo entonces con uno de los textos del Génesis



1 En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
  2 La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y
  un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas.
  3 Dijo Dios: «Haya luz», y hubo luz.
  4 Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad;
  5 y llamó Dios a la luz «día», y a la oscuridad la llamó «noche». Y
  atardeció y amaneció: día primero.
  6 Dijo Dios: «Haya un firmamento por en medio de las aguas, que las
  aparte unas de otras.»
  7 E hizo Dios el firmamento; y apartó las aguas de por debajo del
  firmamento, de las aguas de por encima del firmamento. Y así fue.
  8 Y llamó Dios al firmamento «cielos». Y atardeció y amaneció: día
  segundo.
  9 Dijo Dios: «Acumúlense las aguas de por debajo del firmamento en
  un solo conjunto, y déjese ver lo seco»; y así fue.
  10 Y llamó Dios a lo seco «tierra», y al conjunto de las aguas lo llamó
  «mares»; y vio Dios que estaba bien.
  11 Dijo Dios: «Produzca la tierra vegetación: hierbas que den semillas
  y árboles frutales que den fruto, de su especie, con su semilla dentro, sobre
  la tierra.» Y así fue.
  12 La tierra produjo vegetación: hierbas que dan semilla, por sus
  especies, y árboles que dan fruto con la semilla dentro, por sus especies; y
  vio Dios que estaban bien.
  13 Y atardeció y amaneció: día tercero.
  14 Dijo Dios: «Haya luceros en el firmamento celeste, para apartar el
  día de la noche, y valgan de señales para solemnidades, días y años;
  15 y valgan de luceros en el firmamento celeste para alumbrar sobre la
  tierra.» Y así fue.
  16 Hizo Dios los dos luceros mayores; el lucero grande para el
  dominio del día, y el lucero pequeño para el dominio de la noche, y las
  estrellas;
  17 y púsolos Dios en el firmamento celeste para alumbrar sobre la
  tierra,
  18 y para dominar en el día y en la noche, y para apartar la luz de la
  oscuridad; y vio Dios que estaba bien.
  19 Y atardeció y amaneció: día cuarto.
  20 Dijo Dios: «Bullan las aguas de animales vivientes, y aves
  revoloteen sobre la tierra contra el firmamento celeste.»
  21 Y creó Dios los grandes monstruos marinos y todo animal viviente,
  los que serpean, de los que bullen las aguas por sus especies, y todas las
  aves aladas por sus especies; y vio Dios que estaba bien;
  22 y bendíjolos Dios diciendo: «sed fecundos y multiplicaos, y
  henchid las aguas en los mares, y las aves crezcan en la tierra.»
  23 Y atardeció y amaneció: día quinto.
  24 Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes de cada especie:
  bestias, sierpes y alimañas terrestres de cada especie.» Y así fue.
  25 Hizo Dios las alimañas terrestres de cada especie, y las bestias de
  cada especie, y toda sierpe del suelo de cada especie: y vio Dios que estaba
  bien.
  26 Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como
  semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los
  cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las
  sierpes que serpean por la tierra.
  27 Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le
  creó, macho y hembra los creó.
  28 Y bendíjolos Dios, y díjoles Dios: «Sed fecundos y multiplicaos y
  henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de
  los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra.»
  29 Dijo Dios: «Ved que os he dado toda hierba de semilla que existe
  sobre la haz de toda la tierra, así como todo árbol que lleva fruto de
  semilla; para vosotros será de alimento.
  30 Y a todo animal terrestre, y a toda ave de los cielos y a toda sierpe
  de sobre la tierra, animada de vida, toda la hierba verde les doy de
  alimento.» Y así fue.
  31 Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien. Y atardecío
  y amaneció: día sexto.
  Génesis 2
  1 Concluyéronse, pues, los cielos y la tierra y todo su aparato,
  2 y dio por concluida Dios en el séptimo día la labor que había hecho,
  y cesó en el día séptimo de toda la labor que hiciera.
  3 Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó; porque en él cesó Dios
  de toda la obra creadora que Dios había hecho".
 


  
           a) Dios es el creador “de todo”. Con la expresión “el cielo y la tierra” los hebreos designaban la totalidad, es un modo de referirse a todo lo que existe. Nada de lo que existió, existe y existirá tiene su origen fuera de Dios y nada de ello escapa a su plan creador. Esto se refuerza también con la expresión “en el principio” que hace referencia a que en un “antes” no hay nada. Todo comenzó en un momento y por acción de Dios, todo comenzó “en el principio”.  “En el principio creó Dios el cielo y la tierra”. Esta fe del pueblo hebreo en que Dios creó todo “de la nada” se muestra en el texto del segundo libro de los Macabeos, mucho más tardío que los relatos de la creación. La madre a la que le están asesinando sus hijos muestra la fe del pueblo hebreo en este tema, cuando le dice a su hijo pequeño que no tema en morir a manos del tirano que le exige negar a Dios: “Te ruego, hijo, que mires al cielo y a la tierra y, al ver todo lo que hay en ellos, sepas que a partir de la nada lo hizo Dios y que también el género humano ha llegado así a la existencia”.  (2 Mac 7,28)

           Es también esta fe en la creación la que ha alimentado la oración del pueblo hebreo: “¡Benditos seais de Yahvé, que hizo el cielo y la tierra!” (Sal 115,15); “Nuestra ayuda es el nombre de Yahvé, que hizo el cielo y la tierra” (Sal 124,8); “¡Te bendiga desde Sión Yahvé, que hizo el cielo y la tierra!” (Sal 134,3)



           b) Dios crea “de la nada”, el texto citado arriba de Macabeos también afirma esta verdad, de que Dios ha creado el universo de la nada, sin necesidad de materia preexistente increada. Vemos esto también en Jn 1,3 hablando de la Palabra que estaba junto a Dios: “Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada”, no da lugar esta expresión a que algo, una supuesta materia preexistente se haya hecho sin la Palabra. Y también en Col 1,15 y ss. “Él [Cristo] es Imagen de Dios Invisible, Primogénito de toda la creación, porque en Él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, tronos,, dominaciones, principados, potestades: todo fue creado por él y para él”, sí todo, sin que existiera algo antes de que Él creara.

           Y cita el Catecismo de la Iglesia Católica un texto de la tradición patrística: «¿Qué tendría de extraordinario si Dios hubiera sacado el mundo de una materia preexistente? Un artífice humano, cuando se le da un material, hace de él todo lo que quiere. Mientras que el poder de Dios se muestra precisamente cuando parte de la nada para hacer todo lo que quiere» (San Teófilo de Antioquía, Ad Autolycum, 2,4: PG 6, 1052).

            El verbo hebreo “ bara’ ” que aparece en Gn 1,1 si bien no debe ser entendido en el aspecto metafísico de la creación “de la nada” podemos ver que en el Antiguo Testamento es usado solamente para la acción interventora de Dios, acciones que tienen por efecto algo totalmente nuevo y que no se deriva de algún material preexistente, nunca se usa este verbo para una acción humana, es un verbo cuyo sujeto es siempre Dios. Tiene mucha más fuerza que nuestro verbo “crear”. Además está incluido en el versículo 1 diciendo que eso que Dios creó es el “cielo y la tierra” expresión que significa la totalidad, por lo tanto si crea todo, nada hay antes. Además “el texto afirma que ha habido un comienzo en el mundo: la creación no es un mito intemporal, sino que está integrada en la historia, de la que ella es el comienzo absoluto”[1]. Lo vemos cuando dice en las primeras palabras del capítulo 1: “En el principio…” es decir hay un comienzo, la creación da inicio a la historia, aquélla justamente es el principio y el nacimiento de ésta, entonces no hay nada antes de la creación, no hay una materia intemporal, que no tenga inicio, todo comenzó.[2] Concluimos por lo tanto que Dios crea de la nada[3].



            c) Dios crea “con orden”. Vemos en el primer relato de la creación, cómo ésta se halla estructurada en siete días, sabemos que bíblicamente el número siete es símbolo de la perfección, y una característica de lo perfecto es el orden. También vemos como las criaturas son creadas en un orden creciente de dignidad, comenzando por las inanimadas, siguiendo por las que tienen vida y de entre estas culminando con la creación del hombre. Además en los primero versículos podemos ver esta virtud ordenadora de Dios cuando del “caos y confusión y oscuridad” introduce la “luz”, “separa” las aguas de por encima del firmamento de las por debajo, y luego “acumula” las aguas de por debajo para que se deje ver lo “seco”, la tierra. Es decir, el Dios de la creación es un Dios que crea con orden, así vemos esta fe del israelita en “Tú todo lo dispusiste con medida, número y peso” (Sb 11,20), “¿Quién midió los mares con el cuenco de la mano, y abarcó con su palmo la dimensión de los cielos, metió en un tercio de medida el polvo de la tierra, pesó con la romana[4] los montes y los cerros con la balanza? (Is 40,12), también cuando en Job, éste dice de Dios “Cuando calculó el peso del viento y señaló una medida a las aguas, cuando impuso una norma a la lluvia, un camino a las nubes tormentosas, entonces la vio y la valoró, la penetró y la escrutó” (Jb 28, 25-27)



          d) Dios crea todo “bueno”. También en el primer relato de la creación, se repite en cinco oportunidades al ir concluyendo distintas partes de la creación “Y Dios vio que esto era bueno”, (Gn 1,4.10.12.18.21)hasta que en el sexto día, ya concluida toda la creación dice “Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno.” (Gn 1,31)

          Todo lo que sale de la mano de Dios no puede ser sino bueno, siendo el la Bondad esencial, y como todo lo existente ha salido de la mano de Dios, todo lo creado es bueno. Se rechaza de este modo la existencia de dos principios eternos, uno bueno y uno malo, principios del bien y del mal respectivamente. De este modo, saliendo todo bueno del único principio eterno Dios, el mal tendrá otro origen, pero esto es otro punto que dejamos para más adelante. Baste aquí afirmar con el Génesis, que Dios creó todo bueno.



            e) Dios crea todo por su “Palabra”. Seguimos viendo también en el primer relato de la creación que los seres vienen a la existencia de la nada por la orden de Dios, por la pronunciación de Su Palabra, por siete veces se repite al inicio de su acción creadora “Dios dijo” (Gn 1,3.6.9.14.20.24.26). «Por la palabra de Yahvé fueron hechos los cielos,» (Sal 33,6a). «Sí, es mi mano la que fundamentó la tierra y mi diestra la que extendió los cielos. Yo los llamo y todos se presentan » (Is 48,13).  “Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.  Al principio estaba junto a Dios.  Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe”.  (Jn1, 1-3). “Dios de mis antepasados, Señor de misericordia, que hiciste todas las cosas con tu palabra” (Sb 9,1)

          La palabra es señal de un ser personal, dotado de inteligencia ya que la palabra brota de la inteligencia. El Dios que crea es por lo tanto un ser Inteligente, dotado de libertad y que crea sin coacción. El mundo no es una emanación[5] necesaria como se afirma en otras cosmogonías, un derramamiento de Dios, Éste, como persona, es distinto de lo que crea.

          Si Dios crea todo con orden, con bondad y con su palabra inteligente, nos lleva a otra conclusión:



          f) Dios crea todo con Sabiduría. Oponiéndose a la idea materialista de que los seres han aparecido por la evolución puramente mecánica, es decir dirigida por la “casualidad” (este término es fundamental y a lo que se opone fundamentalmente la idea de creación por sabiduría), la Sagrada Escritura afirma que Dios ha hecho todo con su Sabiduría, como se desprende de los puntos anteriores vistos. Además vemos en otros pasajes bíblicos que “¡Cuán numerosas tus obras Yahvé! Todas las hiciste con sabiduría…!” (Sal 104,24a-b), “Yahvé fundó la tierra con sabiduría, estableció los ciellos con inteligencia; por su saber se dividen las aguas abismales y las nubes destilan rocío”. (Pr 3,19-20). También podemos ver esta sabiduría en que antes de la creación de las cosas, antes de que se plasmen en el mundo sensible, material, ya están presente en la “mente” por así decirlo, de Dios, ya las conoce, conocimiento que es signo de planificación de sabiduría y no de producción fruto del azar: “Antes de ser creadas, el Señor conocía todas las cosas, y, después de acabadas, todavía las conoce”. (Sb 23,20).

          Y más: “Contigo está la Sabiduría que conoce tus obras, que estaba a tu lado cuando hacías el mundo, que conoce lo que te agrada y lo que es conforme a tus mandamientos.” (Sb 9,9). La Sabiduría “está iniciada en el conocimiento de Dios y es la que elige sus obras”. Las obras de Dios son sabias en su totalidad, todo su obrar es sabio y proviene de sus sabios designios y se cumplen en sus sabios mandatos.



          g) Dios crea movido por su bondad. El amor de su bondad absoluta le movió a dar existencia a seres finitos, para hacerles partícipes de sus perfecciones. “Los padres [de la Iglesia] testimonian que Dios ha creado las cosas de este mundo no porque tuviese necesidad de ellas, sino para ‘verter sobre ellas sus beneficios’ (San Ireneo)…San Agustín dice: ‘Porque Él es bueno nosotros existimos’”[6].

          Ese es el motivo, y la finalidad la tenemos claramente expresada en el Concilio Vaticano cuando dice: “El solo verdadero Dios, en su bondad y por su fuerza todopoderosa, no para aumentar su bienaventuranza, ni para adquirirla, sino para manifestar su perfección por los bienes que otorga a sus criaturas, con libérrimo designio, justamente desde el comienzo del tiempo, creó de la nada una y otra criatura”[7]. (DS 3002). He resaltado los dos fines de la creación, el primero: la manifestación de la perfección de Dios, y el segundo que lo primero se hace por los bienes que distribuye a las criaturas. Con esto se da gloria a Dios, (de allí la tradicional sentencia que dice que el mundo fue creado para gloria de Dios) y también se da felicidad a las criaturas. “Estos dos fines de la creación se hallan inseparablemente unidos entre sí; pues glorificar a Dios conociéndole y amándole constituye la suprema felicidad de las criaturas racionales.”[8]

          Vemos esta finalidad en los siguientes textos entre otros de la Sagrada Escritura. “Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. ¡A Él la gloria por los siglos! Amén.”[9]. “para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y nosotros por Él”[10] [11], “porque en Él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, tronos, dominaciones, principados, potestades: todo fue creado por Él y para Él, Él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia”[12]. Y muy especialmente en mi opinión lo siguiente:

 
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales,
en los cielos, en Cristo;
por cuanto nos ha elegido en Él antes de la creación del mundo,
para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor;
eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo,
según el beneplácito de su voluntad,
para alabanza de la gloria de su gracia
con la que nos agració en el amado"[13]

          Luego de haber hecho estas consideraciones sobre la creación, (y que continuaré en otro post) una actitud que he tratado de cultivar es ser consciente cada día en primer lugar y en la medida de lo posible cada instante de mi vida, de este regalo que se me ha dado de la vida, vivir en acción de gracias por esta realidad, no tenía derecho a existir, nada lo exigía, sin embargo existo por la absoluta bondad y sabiduría de Dios, que de la nada me ha llamado a la vida y me llama a vivir unido a Él, desde ahora y en la eternidad. El hecho de levantarme cada día, ver la luz del sol, tener lo suficiente para vivir, me ha hecho vivir frecuentemente como si esto fuera y debiera ser así sin más, he vivido olvidando que detrás de todo esto, de cada criatura y de mi vida está Dios.
          Trataré de ver en cada ser creado, inanimado o animado y en cada ser humano en especial, la Presencia de Dios, admirar y asombrarme en lo cotidiano, ante cada detalle de la vida. Ir más allá, a lo profundo de la realidad, donde Dios habita. Las criaturas no deberán ser un velo que me cubran la presencia de Dios deteniéndome y pretendiendo descansar en ellas, sino que deberán ser escalones que me eleven a vivir en la Presencia de Dios.
          Y siendo yo parte de esta creación trataré de entrar a lo más hondo de mi mismo, allí donde Dios es más íntimo a mí que yo mismo como dice San Agustín, allí donde Dios está escondido como dice San Juan de la Cruz. Sí, si fui hecho a su imagen y semejanza, debo llegar a lo más hondo de mí, a mi yo verdadero, no ese yo exterior e ilusorio que es un cúmulo de deseos y apetencias desordenadas, no, debo llegar a mi yo verdadero, que no desea otra cosa que seguir los dictados de la libertad Divina, ese yo que es como un espejo en el que a la vez que Dios se refleja en él, se nos revela.
          Debo, vivir recordando que Dios está detrás de todo, que "en Él vivimos, nos movemos y existimos". (Hch 17,28) 
          






[1]  Nota al versículo 1 de la Biblia de Jerusalén.
[2]  El pensamiento pagano de la época tanto el mitológico como el filosófico no admitía un comienzo del mundo, un principio, sino más bien una existencia eterna de la materia. La concepción de la evolución era de tipo circular, expresada en las distintas variantes del mito del “eterno retorno”, radicalmente opuesto a la concepción lineal y progresista de la historia que tiene el pueblo hebreo.
[3]  La creación de la nada no excluye la creación evolutiva. “Según la evolución las cosas van apareciendo por la perfección de las inferiores hacia las superiores. Esto no significa aumento de ser sino cambio de estructura y forma. La creación evolutiva no se opone a la creación de la nada, porque en la evolución no aumenta el ser del mundo sino su perfección”. (Antropología Teológica Fundamental, Alejandro Martínez Sierra) Ver además la nota introducida en la primera Carta a Fabio sobre este punto en concreto.
[4]  La romana es un instrumento que sirve para pesar, usada incluso hoy en los ambientes rurales.
[5]  Doctrina conocida como emanantismo y panteísmo.
[6]  Ludwing Ott, Manual de teología dogmática, Sección primera, Capítulo primero.
[7]  Resuenan aquí las palabras de San Buenaventura cuando dice que Dios ha creado las cosas "no para aumentar su gloria, sino para manifestarla y comunicarla". Cita del Catecismo de la Iglesia Católica, nº 293.
[8]  Ludwing Ott, Manual de teología dogmática, Sección primera, Capítulo primero.
[9]  Rom 11,36
[10]  1 Cor 8,6
[11]  Es interesante la aclaración que hace a este texto una nota de la Biblia de Jerusalén que dice lo siguiente: “Aclamación bautismal en que se sobreentienden verbos de movimiento: ‘un solo Dios, el Padre, de quien todo (viene) y hacia quien nosotros (vamos) y un solo Señor, Jesucristo, por quien todo (viene a la existencia) y por quien nosotros (vamos hacia el Padre)’”.
[12]  Col 1,16-17
[13]  Ef 1,3-6