Mostrando entradas con la etiqueta Nepsis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nepsis. Mostrar todas las entradas

¡Sed sobrios y estad en guardia! (1 Pe. 5,8a)

     En los evangelios del primer domingo de adviento de los tres ciclos litúrgicos ("A": Mt 24, 37-44;   "B": Mc 13,33-37;   "C": Lc 21,25-28.34-36) se nos invita a una actitud de vigilancia, cuidado, atención, sobriedad, prevención, términos todos que están incluidos en la palabra griega "nepsis". Nos parece un modo de tener esta actitud, refleccionar sobre ella misma. Que la gracia del Señor nos ilumine y fortalezca.

La Nepsis (I)

      Si observamos con atención nuestro obrar, si logramos penetrar en las motivaciones profundas del mismo, veremos que en la mayor parte de los casos, no en todos por supuesto, está motivado por deseos que buscan la satisfacción de nuestros sentidos, sean éstos del cuerpo o del alma, un obrar dirigido hacia la distención; en una palabra, del "yo superficial", un yo exterior, ilusorio, sin sustancia ni fundamento, un yo que es en el fondo una maraña de deseos que buscan su propia satisfacción, un entretejido de anhelos cambiantes, efímeros y caducos, un cúmulo de movimientos vanos, un yo que en el fondo es "nada".

      De este modo nuestra voluntad, arrastrada por este amasijo de deseos se ve en cierto modo como esclavizada, no busca su propio objeto, el Bien Supremo, sino que busca el bien particular de cada una de las distintas potencias que tiene el hombre, las distintas facultades de nuestro cuerpo y alma que reclaman su atención de un modo egoísta, es decir atendiendo a ellas mismas solamente, sin atender al bien general del cuerpo como un todo, del hombre total.

      Debido a esta especie de esclavitud a la que se ve sometida nuestra voluntad, muchas veces en nuestra vida no "actuamos" según las decisiones que creeríamos son las que nos conviene en cada situación sino que "reaccionamos", como cuando lo hacemos con las acciones más instintivas. Así como cuando nuestra mano toca algo caliente, instintivamente se separa del objeto, casi del mismo modo, instintivamente, deseamos en el ámbito laboral, familiar, social todo aquello que los cánones de la moda señalan. Creemos elegir libremente, cuando en realidad reaccionamos a estímulos sensoriales, sociales, prejuicios, ideologías; somos arrastrados por una serie de circunstancias, compromisos y obligaciones sin que seamos los verdaderos protagonistas de nuestras vidas.

      Esta vida desde lo exterior y superficial va generando un vacío angustiante, vacío que se pretende suprimir, ocultar, ahogar, y se lo hace de un modo infructuoso, con mayor y más frenética actividad, que lo único que hace es intensificar el círculo vicioso de superficialidad-automatismo-vacío-superficialidad.

      El hombre vive en una especie de automatismo, donde sus decisiones están de tal modo marcadas por diversos condicionamientos e influencias de su propio cuerpo, su propia mente y el contexto social que la inmensa mayoría no es consciente de su falta de libertad, y es precisamente esta falta de conciencia el alimento y el ambiente que mantiene esa vida autómata. De allí la importancia de las palabras del apóstol que titulan esta reflexión, ¡Sed sobrios y estad en guardia!
Es este el primer paso para no caer en el automatismo, en la esclavitud del yo exterior, yo ilusiorio y superficial, yo vacío e inconsistente, vanidad de vanidades.
Es la práctica de la Nepsis de los monjes del desierto, la "guarda del corazón", la "acción consciente", atenta a lo que se quiere y no una simple respuesta automatizada ante los estímulos que nos rodean.

 

      Para ilustrar con la claridad de los entendidos, podemos pedirle prestadas las palabras a Thomas Merton y decir que: la vida del hombre exterior (el que no lleva vidad interior) es una vida llevada por el automatismo, por unos pensamientos y acciones inconscientes, por una conformidad mecánica a los modelos y prejuicios que nos rodean, o si no, por una mecánica y compulsiva rebelión contra ellos. Ya que la rebelión contra la conformidad exterior no es lo que constituye una vida interior. Al contrario, normalmente es otra forma de compulsión y, de hecho, no es más que otro aspecto de la misma compulsión. Es una especie de conformidad negativa.
Los que viven a este nivel "automático" no se dan cuenta en absoluto hasta qué punto su vida está alienada y carece de espontaneidad. Sus hábitos, sus mecánicas rutinas han adquirido el poder de satisfacerles con una especie de pseudoespontaneidad, una especie de falsa naturalidad. Lo que es falso y falto de espontaneidad se ha convertido para ellos en algo completamente natural. Por eso aquello que ellos creen que es pensar con claridad no es más que un pensar lleno de confusión. Aquello que ellos creen hacer gustosos, no es más que una ansiada evasión. Aquello que ellos creen que es libertad, no es más que compulsión. No es que moralmente no sean responsables de sus actos. Claro que lo son, están cuerdos y son "libres", sin embargo, si se observa su vida desde el punto de vista del hombre interior y espiritual, carecen de cordura y libertad hasta un extremo asombroso.

      Convenimos entonces que el primer punto es "darse cuenta" de esta situación de una cuasi-enajenación de nuestra voluntad, para así comenzar el camino de regreso a "casa". No es imprescindible pero frecuentemente puede ser que aquello que nos "despierta" es una situación dolorosa. Una situación en la que probemos la insustancialidad del mundo. La vanidad de vanidades en las que muchas veces nos revolcamos. Como le sucedió al hijo pródigo de la parábola de Lc 15. Así como este hijo, una vez que se encontró en la pobreza y soledad, "se despertó", se dio cuenta que en la casa de su Padre no tenía "hambre", mientras que cuando se fue de ella terminó cuidando cerdos en un país lejano, solo, deseando comer lo que comían los cerdos, muchas veces nosotros al probar la amargura del fango en que estamos revolcados, caemos en la cuenta de que "somos hijos del Padre", y merecemos algo duradero que nos sacie de verdad y para siempre. Cada uno puede pensar cuál es el "chiquero", en que se halla metido. Y así también nosotros tenemos que decir como el hijo pródigo "volveré a la casa de mi Padre".

      Una vez nos "despertamos" comienza la lucha. Los apetitos no renunciarán fácilmente a ser los protagonistas de nuestras vidas. No dejarán de querer monopolizar nuestra atención. No dejarán de reclamar que nuestra voluntad sea su esclava, su sirviente. Pero si "estamos atentos", nos percataremos de esta persistente y agobiante solicitud, y podremos "decidir" con libertad no ceder a sus requerimientos. Podremos poner nuestra voluntad en el uso ordenado de todos los bienes creados, un uso en el cual todo sirva para elevarnos a Dios, un uso donde todo sea manifestación de la bondad de Dios, un uso que acepta lo creado, no lo rechaza, pero tiene siempre puesta la voluntad en Dios. Así Dios es el deseo de la voluntad.



      San Juan de la Cruz, en la Subida del Monte Carmelo comenta a este respecto como la voluntad debe no estar "en" los apetitos: "Y así, al propósito habla David (Sal. 87, 16), diciendo: Pauper sum ego, et in laboribus a iuventute mea; que quiere decir: Yo soy pobre y en trabajos desde mi juventud. Llámase pobre, aunque está claro que era rico, porque no tenía en la riqueza su voluntad, y así era tanto como ser pobre realmente, mas antes, si fuera realmente pobre y de la voluntad no lo fuera, no era verdaderamente pobre, pues el ánima estaba rica y llena en el apetito." ......"Y por eso llamamos esta desnudez noche para el alma, porque no tratamos aquí del carecer de las cosas, porque eso no desnuda al alma si tiene apetito de ellas, sino de la desnudez del gusto y apetito de ellas, que es lo que deja al alma libre y vacía de ellas, aunque las tenga. Porque no ocupan al alma las cosas de este mundo ni la dañan, pues no entra en ellas, sino la voluntad y apetito de ellas que moran en ella. "

      Una forma de practicar esta "Nepsis", esta guarda del corazón, nos la enseña el mismo Jesús, cuando es tentado en el desierto por Satanás

     Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre. Y el tentador, acercándose, le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes». Jesús le respondió: «Está escrito: "El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios"». Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: "Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra"». Jesús le respondió: «También está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios"». El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: «Te daré todo esto, si te postras para adorarme». Jesús le respondió: «Retírate, Satanás, porque está escrito: "Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto"». Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo.





      Este "método" si así podríamos denominarlo fue luego desarrollado por Evagrio Póntico, es la antirrhesis. Esto podrá ser tratado en un futuro post, simplemente mencionar ahora que consiste en repetir en actitud orante afirmaciones de la Sagrada Escritura para contrarrestar, para ir en contra, de afirmaciones erróneas que nos vienen a nuestro corazón, así como Jesús respondía a las insinuaciones del demonio con textos de la Sagrada Escritura.

      Dejamos aquí asentado entonces, para continuar en otro momento, la importancia de estar despiertos, de estar vigilantes, de estar preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas..., la importancia de ser ...como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta. ¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlo. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así! Entiéndalo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa.

       No dejemos que el ladrón perfore nuestra casa, no dejemos que entre en el corazón, permanezcamos velando para abrirle al Señor cuando llegue, sólo a Él...   Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, ... Estén prevenidos y oren incesantemente,... (Cfr. Lc 24)

"Bienaventurados los de corazón, puro porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8)

Vigilancia, guarda del corazón    
    
     La meta de todo hombre, lo sepa o no, es la unión con Dios. Creados por Él, por amor y para el amor, somos constantemente atraidos, lo sepamos o no, a esta Fuente de la cual provenimos y en la cuál tenemos nuestro destino, nuestro fin, nuestra meta.
     Originalmente nuestra inteligencia y nuestro corazón estaban unificados y colaboraban en el camino del amor, nuestros variados deseos estaban ordenados al Deseo superior, el deseo de lo Absoluto Incondicionado, el deseo de Dios. Pero luego de la caida original y de nuestros pecados personales, estamos heridos, divididos, debilitados; nuestros deseos son frecuentemente egoístas, miran su interés particular y no el del hombre total, y mucho menos el bien de los demás hombres. Ya no queremos amar a Dios completamente, con todo nuestro ser, como él nos aconseja,

      "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu". (Mt. 22,37)

     Necesitamos reunificarnos, ordenar nuestra inteligencia y corazón a la búsqueda de Dios como supremo Bien, necesitamos ligar todos nuestros deseos al deseo de Dios.

     Esta reunificación, esta ordenación de nuestros anhelos, impulsos, pensamientos, afectos y todas las dimensiones de nuestra persona es una gracia de Dios, nosotros debemos en primer lugar tener la humildad de reconocerlo, luego la fe de pedirla, y posteriormente la sabiduría de disponernos y colaborar para no ser un obstáculo a la acción de Dios que seguramente nos querrá dar esa gracia, porque

     "Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, porque él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad".  (1ª Tim. 2,3-4)

     Una práctica fundamental en esta tarea de disposición y colaboración es lo que los padres del desierto han llamado la "nepsis", la guarda del corazón.
     Siendo el corazón en sentido bíblico el centro de nuestro ser, lo más hondo de nosotros desde donde nacen nuestros actos de la inteligencia y la voluntad, éste debe estar al abrigo de las malas influencias, de aquello que lo distraiga del Bien y la Belleza suprema, de los deseos superficiales, vanos y errados. La distracción del corazón es frecuentemente el punto de partida para el desvío, un corazón que está "dormido", distraido en veleidades, es fácilmente inclinado hacia todo aquello que en primer lugar satisface los sentidos, materiales o espirituales, hacia todo aquello que alimenta nuestro "ego", nuestro "yo superficial", nuestra propia idolatría, es en definitiva fácilmente inclinado hacia todo aquello que tras una primera y fugaz dulzura, nos deja instalados en una honda y duradera amargura.
     Frecuentemente somos invitados en las Sagradas Escrituras a la vigilancia,

     "Sean sobrios y estén siempre alerta, porque su enemigo, el demonio, ronda como un león rugiente, buscando a quién devorar". (1 Pe. 5,8)

     "Cuidad que no se emboten vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida... (Lc. 21 34a)

     "Por eso, el Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo.  Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes. Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos. Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: "¡Ya viene el esposo, salgan a su encuentro!". Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: "¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?". Pero estas les respondieron: "No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado". Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: "Señor, señor, ábrenos", pero él respondió: "Les aseguro que no las conozco". Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora". (Mt. 25, 1-13)



     " Estén alertas, ceñidos y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta. ¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlo." (Lc. 12,35-37)

     Esta insistencia en la vigilancia, en la guarda del corazón, se debe entre otros motivos al permanente acoso a que se ve sometido el mismo. A cada instante golpean a su puerta multitud de deseos, conscientes o inconscientes, fugaces o duraderos, pasionales o sutiles, abnegados o egoístas, necesarios o superfluos, superficiales o profundos, todos golpean. Ante él se presentan miles de preocupaciones y esperanzas, miedos y ansiedades, proyectos e ilusiones, multitud de pensamientos, de sensaciones, de impulsos, de impresiones. Él debe estar "despierto para ver" los que llevan a Dios y seguirlos  y "dejar" los que no lo hacen. Desapegarse de todo aquél deseo que no conduce a la Fuente de la vida eterna.

     En la Filocalia, el presbítero Hesiquio dice sobre la vigilancia, el estar alerta, la sobriedad, entre otras cosas lo siguiente:

     La sobriedad es un método espiritual que, si es duradero y se lleva a cabo voluntariosamente, con la ayuda de Dios, libera a todo hombre de pensamientos pasionales y de palabras y obras malvadas, y en la medida que sea posible, dona el conocimiento seguro de un Dios incomprensible...     Es propiamente la pureza del corazón...  La sobriedad duradera en el hombre es la guía que lleva por un recto camino y es grata a Dios; es un acceso a la contemplación y nos enseña a mover rectamente las tres partes del alma y a vigilar con seguridad los sentidos... 
     Entonces, el primer modo de llegar a la sobriedad es examinando frecuentemente nuestra fantasía, es decir el asalto; (asalto al corazón llamó antes a los pensamientos malos que se prensentan al corazón) pues Satanás no puede obrar sobre nuestros pensamientos sin la fantasía, ni presentarle mentiras al intelecto para engañarlo.
     Otra forma es tener el corazón profundamente silencioso siempre, en hesichia, lejos de todo pensamiento. Y rezar.
     Otra es suplicar con humildad al Señor Jesucristo una ayuda continua.
     Otro modo es tener en el alma el recuerdo ininterrumpido de la muerte.
     Queridísimo, todas estas operaciones impiden, como porteros, el acceso a los malos pensamientos. Pero mirar hacia el Cielo y no tener en cuenta para nada la Tierra es un modo tan eficaz como los otros...

     He resaltado la última forma ya que es quizá el mejor modo de asegurar la vigilancia, de practicar el discernimiento de todo lo que se nos presenta ante el corazón para quedarnos con lo que lleva a Dios. Esto es cultivar el sentido de la presencia de Dios, es un no preocuparse de los innumerables pensamientos y sensaciones que se presentan ante nosotros sino dirigir la mirada hacia Dios. Es una forma de lucha que en lugar de enfrentar directamente al enemigo, lo vence por la indiferencia, lo extingue no alimentándolo sino dirigiendo nuestra atención y energía hacia Dios, que polariza de este modo todas las dimensiones de nuestro ser. Tan claro como lo dice Hesiquio, mirar hacia el Cielo y no tener en cuenta para nada la Tierra, tan contundente como ya nos lo dijo Nuestro Señor Jesucristo:

     "No atesoréis en la tierra, donde la polilla y el orín corroen, y donde los ladrones socavan y roban.
     Atesorad, más bien, en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corroen, ni los ladrones socavan ni roban: porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón"  (Mt. 6,19-21)

¡Sed sobrios y estad en guardia! (1 Pe. 5,8a)

La Nepsis  (I)

          Si observamos con atención nuestro obrar, si logramos penetrar en las motivaciones profundas del mismo, veremos que en la mayor parte de los casos está motivado por deseos que buscan la satisfacción de nuestros sentidos, sean éstos del cuerpo o del alma, un obrar dirigido hacia la satisfacción; en una palabra, del "yo superficial", un yo exterior, ilusorio, sin sustancia ni fundamento, un yo que es en el fondo una maraña de deseos que buscan su propia satisfacción, un entretejido de anhelos cambiantes, efímeros y caducos, un cúmulo de movimientos vanos, un yo que en el fondo es "nada".
         
          De este modo nuestra voluntad, arrastrada por este amasijo de deseos se ve en cierto modo como esclavizada, no busca su propio objeto, el Bien Supremo, sino que busca el bien particular de cada una de las distintas potencias que tiene el hombre, las distintas facultades de nuestro cuerpo y alma que reclaman su atención, de un modo egoísta es decir atendiendo a ellas mismas solamente, sin atender al bien general del cuerpo como un todo.
         
          Debido a esta especie de esclavitud a la que se ve sometida nuestra voluntad, muchas veces en nuestra vida no "actuamos" según las decisiones que creeríamos son las que nos conviene sino que "reaccionamos" como cuando lo hacemos con las acciones más instintivas. Así como cuando nuestra mano toca algo caliente, instintivamente se separa del objeto, casi del mismo modo, instintivamente, deseamos en el ámbito laboral, familiar, social todo aquello que los cánones de la moda señalan. Creemos elegir libremente, cuando en realidad reaccionamos a estímulos sensoriales, sociales, prejuicios, ideologías; somos arrastrados por una serie de circunstancias, compromisos y obligaciones sin que seamos los verdaderos protagonistas de nuestras vidas.  
  
          Esta vida desde lo exterior y superficial va generando un vacío angustiante, vacío que se pretende suprimir, ocultar, ahogar, y se lo hace de un modo infructuoso, con mayor y más frenética actividad, que lo único que hace es intensificar el círculo vicioso de superficialidad-automatismo-vacío-superficialidad.
          
          El hombre vive en una especie de automatismo, donde sus decisiones están de tal modo marcadas por diversos condicionamientos e influencias de su propio cuerpo, su propia mente y el contexto social que la inmensa mayoría no es consciente de su falta de libertad, y es precisamente esta falta de conciencia el alimento y el ambiente que mantiene esa vida autómata. De allí la importancia de las palabras del apóstol que titulan esta reflexión, ¡Sed sobrios y estad en guardia! Es el primer paso para no caer en el automatismo, en la esclavitud del yo exterior, yo ilusiorio y superficial, vacío e inconsistente, vanidad de vanidades. Es la práctica de la Nepsis de los monjes del desierto, la "guarda del corazón", la acción consciente, atenta a lo que se quiere y no una simple respuesta automatizada ante los estímulos que nos rodean.


          Para ilustrar con la claridad de los entendidos, podemos pedirle prestadas las palabras a Thomas Merton y decir que: la vida del hombre exterior (el que no lleva vidad interior) es una vida llevada por el automatismo, por unos pensamientos y acciones inconscientes, por una conformidad mecánica a los modelos y prejuicios que nos rodean, o si no, por una mecánica y compulsiva rebelión contra ellos. Ya que la rebelión contra la conformidad exterior no es lo que constituye una vida interior. Al contrario, normalmente es otra forma de compulsión y, de hecho, no es más que otro aspecto de la misma compulsión. Es una especie de conformidad negativa.
          Los que viven a este nivel "automático" no se dan cuenta en absoluto hasta qué punto su vida está alienada y carece de espontaneidad. Sus hábitos, sus mecánicas rutinas han adquirido el poder de satisfacerles con una especie de pseudoespontaneidad, una especie de falsa naturalidad. Lo que es falso y falto de espontaneidad se ha convertido para ellos en algo completamente natural. Por eso aquello que ellos creen que es pensar con claridad no es más que un pensar lleno de confusión. Aquello que ellos creen hacer gustosos, no es más que una ansiada evasión. Aquello que ellos creen que es libertad, no es más que compulsión. No es que moralmente no sean responsables de sus actos. Claro que lo son, están cuerdo y son "libres", sin embargo, si se observa su vida desde el punto de vista del hombre interior y espiritual, carecen de cordura y libertad hasta un extremo asombroso.

          Convenimos entonces que el primer punto es "darse cuenta" de esta situación de una cuasi-enajenación de nuestra voluntad, para así comenzar el camino de regreso a "casa". No es imprescindible pero frecuentemente puede ser que aquello que nos "despierta" es una situación dolorosa. Una situación en la que probemos la insustancialidad del mundo. La vanidad de vanidades en las que continuamente nos revolcamos. Como le sucedió al hijo pródigo de la parábola de Lc 15. Así como este hijo, una vez que se encontró en la pobreza y soledad, "se despertó", se dio cuenta que en la casa de su Padre no tenía "hambre", mientras que cuando se fue de ella terminó cuidando cerdos en un país lejano, solo, deseando comer lo que comían los cerdos, muchas veces nosotros al probar la amargura del fango en que estamos revolcados, caemos en la cuenta que "somos hijos del Padre", y merecemos algo duradero que nos sacie de verdad y para siempre. Cada uno puede pensar cuál es el "chiquero", en que se halla metido. Y así también nosotros tenemos que decir como el hijo pródigo "volveré a la casa de mi Padre".

          Una vez nos "despertamos" comienza la lucha. Los apetitos no renunciarán fácilmente a ser los protagonistas de nuestras vidas. No dejarán de querer monopolizar nuestra atención. No dejarán de reclamar que nuestra voluntad sea su esclava, su sirviente. Pero si "estamos atentos", nos percataremos de esta persistente y agobiante solicitud, y podremos "decidir" con libertad no ceder a sus requerimientos. Podremos poner nuestra voluntad en el uso ordenado de todos los bienes creados, un uso en el cual todo sirva para elevarnos a Dios, un uso donde todo sea manifestación de la bondad de Dios, un uso que acepta lo  creado, no lo rechaza, pero tiene siempre puesta la voluntad en Dios. Así Dios es el deseo de la voluntad.


          
           San Juan de la Cruz, en la Subida del Monte Carmelo comenta a este respecto como la voluntad debe no estar "en" los apetitos: "Y así, al propósito habla David (Sal. 87, 16), diciendo: Pauper sum ego, et in laboribus a iuventute mea; que quiere decir: Yo soy pobre y en trabajos desde mi juventud. Llámase pobre, aunque está claro que era rico, porque no tenía en la riqueza su voluntad, y así era tanto como ser pobre realmente, mas antes, si fuera realmente pobre y de la voluntad no lo fuera, no era verdaderamente pobre, pues el ánima estaba rica y llena en el apetito."  ......"Y por eso llamamos esta desnudez noche para el alma, porque no tratamos aquí del carecer de las cosas, porque eso no desnuda al alma si tiene apetito de ellas, sino de la desnudez del gusto y apetito de ellas, que es lo que deja al alma libre y vacía de ellas, aunque las tenga. Porque no ocupan al alma las cosas de este mundo ni la dañan, pues no entra en ellas, sino la voluntad y apetito de ellas que moran en ella. "

          Una forma de practicar esta "Nepsis", esta guarda del corazón, nos la enseña el mismo Jesús, cuando es tentado en el desierto por Satanás 

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre. Y el tentador, acercándose, le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes». Jesús le respondió: «Está escrito: "El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios"». Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: "Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra"». Jesús le respondió: «También está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios"». El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: «Te daré todo esto, si te postras para adorarme». Jesús le respondió: «Retírate, Satanás, porque está escrito: "Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto"». Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo.

         



          Este "método" si así podríamos denominarlo fue luego desarrollado por Evagrio Póntico, es la antirrhesis. Esto podrá ser tratado en un futuro post, simplemente mencionar ahora que consiste en repetir en actitud orante afirmaciones de la Sagrada Escritura para contrarrestar, para ir en contra, de afirmaciones erróneas que nos vienen a nuestro corazón, así como Jesús respondía a las insinuaciones del demonio con textos de la Sagrada Escritura. 

          Dejamos aquí asentado entonces, para continuar en otro momento, la importancia de estar despiertos, de estar vigilantes, de estar preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas..., la importancia de ser ...como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta. ¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlo. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así! Entiéndalo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa.

          No dejemos que el ladrón perfore nuestra casa, no dejemos que entre en el corazón, permanezcamos velando para abrirle al Señor cuando llegue, sólo a Él...