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La Cruz




Evangelio según San Lucas 14,25-33.

Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo:
"Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo.
El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.
¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla?
No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo:
'Este comenzó a edificar y no pudo terminar'.
¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil?
Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz.
De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.



Leer el comentario del Evangelio por Juan Taulero (c. 1300-1361), dominico en Estrasburgo
Sermón 21, 4º para la Ascensión

"El que no lleva su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo"
Puesto que nuestra Cabeza subió a los cielos, conviene que sus miembros (Col. 2,19) sigan a su Maestro, pasando por el mismo camino que Él escogió. Porque "¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?" (Lc 24,26). Debemos seguir a nuestro Maestro, tan digno de amor, Él, que llevó el estandarte de la cruz delante de nosotros. Que cada hombre tome su cruz y le siga; y llegaremos allí dónde él está. ¡Aunque vemos que muchos siguen los caminos de este mundo para obtener honores irrisorios, y para esto renuncian a la comodidad física, a su hogar, a sus amigos, exponiéndose a los peligros de la guerra - todo esto para adquirir bienes exteriores! Resulta lógico y plenamente justo que nosotros hagamos una renuncia total para adquirir el bien puro que es Dios, y que de este modo sigamos a nuestro Maestro...


No es raro encontrar hombres que desean ser testigos del Señor en la paz, es decir, que todo resulte según sus deseos. De buena gana quieren llegar a ser santos, pero sin cansancio, sin aburrimiento, sin dificultad, sin que les cueste nada. Desean conocer a Dios, gustarlo, sentirlo, pero sin que haya amargura. Entonces, ocurre que en cuanto hay que trabajar, en cuanto aparece la amargura, las tinieblas y las tentaciones, en cuanto no sienten a Dios y se sienten abandonados interna y externamente, sus bellas resoluciones se desvanecen. Estos no son verdaderos testigos, testigos como los que necesita el Salvador... ¡Ojalá podamos librarnos de este tipo de búsqueda que carece de trabajos, amarguras y tinieblas y encontremos la paz en todo tiempo, incluso en la desgracia! Es ahí solamente donde nace la verdadera paz, la que permanece.
 
Extraido del sitio web: Evangelio del día

La Creación (I)

          He querido dejar algunas reflexiones sobre la creación, reconociendo la importancia que tiene este tema para nuestra vida y siguiendo la enseñanza que vemos en el Catecismo de la Iglesia Católica en su número 282 diciendo: “La catequesis sobre la Creación reviste una importancia capital. Se refiere a los fundamentos mismos de la vida humana y cristiana: explicita la respuesta de la fe cristiana a la pregunta básica que los hombres de todos los tiempos se han formulado: "¿De dónde venimos?" "¿A dónde vamos?" "¿Cuál es nuestro origen?" "¿Cuál es nuestro fin?" "¿De dónde viene y a dónde va todo lo que existe?" Las dos cuestiones, la del origen y la del fin, son inseparables. Son decisivas para el sentido y la orientación de nuestra vida y nuestro obrar”.





           Sí, no son meras especulaciones que no tengan actualidad, son decisivas para el sentido y la orientación de nuestra vida y nuestro obrar. Comienzo entonces con uno de los textos del Génesis



1 En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
  2 La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y
  un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas.
  3 Dijo Dios: «Haya luz», y hubo luz.
  4 Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad;
  5 y llamó Dios a la luz «día», y a la oscuridad la llamó «noche». Y
  atardeció y amaneció: día primero.
  6 Dijo Dios: «Haya un firmamento por en medio de las aguas, que las
  aparte unas de otras.»
  7 E hizo Dios el firmamento; y apartó las aguas de por debajo del
  firmamento, de las aguas de por encima del firmamento. Y así fue.
  8 Y llamó Dios al firmamento «cielos». Y atardeció y amaneció: día
  segundo.
  9 Dijo Dios: «Acumúlense las aguas de por debajo del firmamento en
  un solo conjunto, y déjese ver lo seco»; y así fue.
  10 Y llamó Dios a lo seco «tierra», y al conjunto de las aguas lo llamó
  «mares»; y vio Dios que estaba bien.
  11 Dijo Dios: «Produzca la tierra vegetación: hierbas que den semillas
  y árboles frutales que den fruto, de su especie, con su semilla dentro, sobre
  la tierra.» Y así fue.
  12 La tierra produjo vegetación: hierbas que dan semilla, por sus
  especies, y árboles que dan fruto con la semilla dentro, por sus especies; y
  vio Dios que estaban bien.
  13 Y atardeció y amaneció: día tercero.
  14 Dijo Dios: «Haya luceros en el firmamento celeste, para apartar el
  día de la noche, y valgan de señales para solemnidades, días y años;
  15 y valgan de luceros en el firmamento celeste para alumbrar sobre la
  tierra.» Y así fue.
  16 Hizo Dios los dos luceros mayores; el lucero grande para el
  dominio del día, y el lucero pequeño para el dominio de la noche, y las
  estrellas;
  17 y púsolos Dios en el firmamento celeste para alumbrar sobre la
  tierra,
  18 y para dominar en el día y en la noche, y para apartar la luz de la
  oscuridad; y vio Dios que estaba bien.
  19 Y atardeció y amaneció: día cuarto.
  20 Dijo Dios: «Bullan las aguas de animales vivientes, y aves
  revoloteen sobre la tierra contra el firmamento celeste.»
  21 Y creó Dios los grandes monstruos marinos y todo animal viviente,
  los que serpean, de los que bullen las aguas por sus especies, y todas las
  aves aladas por sus especies; y vio Dios que estaba bien;
  22 y bendíjolos Dios diciendo: «sed fecundos y multiplicaos, y
  henchid las aguas en los mares, y las aves crezcan en la tierra.»
  23 Y atardeció y amaneció: día quinto.
  24 Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes de cada especie:
  bestias, sierpes y alimañas terrestres de cada especie.» Y así fue.
  25 Hizo Dios las alimañas terrestres de cada especie, y las bestias de
  cada especie, y toda sierpe del suelo de cada especie: y vio Dios que estaba
  bien.
  26 Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como
  semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los
  cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las
  sierpes que serpean por la tierra.
  27 Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le
  creó, macho y hembra los creó.
  28 Y bendíjolos Dios, y díjoles Dios: «Sed fecundos y multiplicaos y
  henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de
  los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra.»
  29 Dijo Dios: «Ved que os he dado toda hierba de semilla que existe
  sobre la haz de toda la tierra, así como todo árbol que lleva fruto de
  semilla; para vosotros será de alimento.
  30 Y a todo animal terrestre, y a toda ave de los cielos y a toda sierpe
  de sobre la tierra, animada de vida, toda la hierba verde les doy de
  alimento.» Y así fue.
  31 Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien. Y atardecío
  y amaneció: día sexto.
  Génesis 2
  1 Concluyéronse, pues, los cielos y la tierra y todo su aparato,
  2 y dio por concluida Dios en el séptimo día la labor que había hecho,
  y cesó en el día séptimo de toda la labor que hiciera.
  3 Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó; porque en él cesó Dios
  de toda la obra creadora que Dios había hecho".
 


  
           a) Dios es el creador “de todo”. Con la expresión “el cielo y la tierra” los hebreos designaban la totalidad, es un modo de referirse a todo lo que existe. Nada de lo que existió, existe y existirá tiene su origen fuera de Dios y nada de ello escapa a su plan creador. Esto se refuerza también con la expresión “en el principio” que hace referencia a que en un “antes” no hay nada. Todo comenzó en un momento y por acción de Dios, todo comenzó “en el principio”.  “En el principio creó Dios el cielo y la tierra”. Esta fe del pueblo hebreo en que Dios creó todo “de la nada” se muestra en el texto del segundo libro de los Macabeos, mucho más tardío que los relatos de la creación. La madre a la que le están asesinando sus hijos muestra la fe del pueblo hebreo en este tema, cuando le dice a su hijo pequeño que no tema en morir a manos del tirano que le exige negar a Dios: “Te ruego, hijo, que mires al cielo y a la tierra y, al ver todo lo que hay en ellos, sepas que a partir de la nada lo hizo Dios y que también el género humano ha llegado así a la existencia”.  (2 Mac 7,28)

           Es también esta fe en la creación la que ha alimentado la oración del pueblo hebreo: “¡Benditos seais de Yahvé, que hizo el cielo y la tierra!” (Sal 115,15); “Nuestra ayuda es el nombre de Yahvé, que hizo el cielo y la tierra” (Sal 124,8); “¡Te bendiga desde Sión Yahvé, que hizo el cielo y la tierra!” (Sal 134,3)



           b) Dios crea “de la nada”, el texto citado arriba de Macabeos también afirma esta verdad, de que Dios ha creado el universo de la nada, sin necesidad de materia preexistente increada. Vemos esto también en Jn 1,3 hablando de la Palabra que estaba junto a Dios: “Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada”, no da lugar esta expresión a que algo, una supuesta materia preexistente se haya hecho sin la Palabra. Y también en Col 1,15 y ss. “Él [Cristo] es Imagen de Dios Invisible, Primogénito de toda la creación, porque en Él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, tronos,, dominaciones, principados, potestades: todo fue creado por él y para él”, sí todo, sin que existiera algo antes de que Él creara.

           Y cita el Catecismo de la Iglesia Católica un texto de la tradición patrística: «¿Qué tendría de extraordinario si Dios hubiera sacado el mundo de una materia preexistente? Un artífice humano, cuando se le da un material, hace de él todo lo que quiere. Mientras que el poder de Dios se muestra precisamente cuando parte de la nada para hacer todo lo que quiere» (San Teófilo de Antioquía, Ad Autolycum, 2,4: PG 6, 1052).

            El verbo hebreo “ bara’ ” que aparece en Gn 1,1 si bien no debe ser entendido en el aspecto metafísico de la creación “de la nada” podemos ver que en el Antiguo Testamento es usado solamente para la acción interventora de Dios, acciones que tienen por efecto algo totalmente nuevo y que no se deriva de algún material preexistente, nunca se usa este verbo para una acción humana, es un verbo cuyo sujeto es siempre Dios. Tiene mucha más fuerza que nuestro verbo “crear”. Además está incluido en el versículo 1 diciendo que eso que Dios creó es el “cielo y la tierra” expresión que significa la totalidad, por lo tanto si crea todo, nada hay antes. Además “el texto afirma que ha habido un comienzo en el mundo: la creación no es un mito intemporal, sino que está integrada en la historia, de la que ella es el comienzo absoluto”[1]. Lo vemos cuando dice en las primeras palabras del capítulo 1: “En el principio…” es decir hay un comienzo, la creación da inicio a la historia, aquélla justamente es el principio y el nacimiento de ésta, entonces no hay nada antes de la creación, no hay una materia intemporal, que no tenga inicio, todo comenzó.[2] Concluimos por lo tanto que Dios crea de la nada[3].



            c) Dios crea “con orden”. Vemos en el primer relato de la creación, cómo ésta se halla estructurada en siete días, sabemos que bíblicamente el número siete es símbolo de la perfección, y una característica de lo perfecto es el orden. También vemos como las criaturas son creadas en un orden creciente de dignidad, comenzando por las inanimadas, siguiendo por las que tienen vida y de entre estas culminando con la creación del hombre. Además en los primero versículos podemos ver esta virtud ordenadora de Dios cuando del “caos y confusión y oscuridad” introduce la “luz”, “separa” las aguas de por encima del firmamento de las por debajo, y luego “acumula” las aguas de por debajo para que se deje ver lo “seco”, la tierra. Es decir, el Dios de la creación es un Dios que crea con orden, así vemos esta fe del israelita en “Tú todo lo dispusiste con medida, número y peso” (Sb 11,20), “¿Quién midió los mares con el cuenco de la mano, y abarcó con su palmo la dimensión de los cielos, metió en un tercio de medida el polvo de la tierra, pesó con la romana[4] los montes y los cerros con la balanza? (Is 40,12), también cuando en Job, éste dice de Dios “Cuando calculó el peso del viento y señaló una medida a las aguas, cuando impuso una norma a la lluvia, un camino a las nubes tormentosas, entonces la vio y la valoró, la penetró y la escrutó” (Jb 28, 25-27)



          d) Dios crea todo “bueno”. También en el primer relato de la creación, se repite en cinco oportunidades al ir concluyendo distintas partes de la creación “Y Dios vio que esto era bueno”, (Gn 1,4.10.12.18.21)hasta que en el sexto día, ya concluida toda la creación dice “Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno.” (Gn 1,31)

          Todo lo que sale de la mano de Dios no puede ser sino bueno, siendo el la Bondad esencial, y como todo lo existente ha salido de la mano de Dios, todo lo creado es bueno. Se rechaza de este modo la existencia de dos principios eternos, uno bueno y uno malo, principios del bien y del mal respectivamente. De este modo, saliendo todo bueno del único principio eterno Dios, el mal tendrá otro origen, pero esto es otro punto que dejamos para más adelante. Baste aquí afirmar con el Génesis, que Dios creó todo bueno.



            e) Dios crea todo por su “Palabra”. Seguimos viendo también en el primer relato de la creación que los seres vienen a la existencia de la nada por la orden de Dios, por la pronunciación de Su Palabra, por siete veces se repite al inicio de su acción creadora “Dios dijo” (Gn 1,3.6.9.14.20.24.26). «Por la palabra de Yahvé fueron hechos los cielos,» (Sal 33,6a). «Sí, es mi mano la que fundamentó la tierra y mi diestra la que extendió los cielos. Yo los llamo y todos se presentan » (Is 48,13).  “Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.  Al principio estaba junto a Dios.  Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe”.  (Jn1, 1-3). “Dios de mis antepasados, Señor de misericordia, que hiciste todas las cosas con tu palabra” (Sb 9,1)

          La palabra es señal de un ser personal, dotado de inteligencia ya que la palabra brota de la inteligencia. El Dios que crea es por lo tanto un ser Inteligente, dotado de libertad y que crea sin coacción. El mundo no es una emanación[5] necesaria como se afirma en otras cosmogonías, un derramamiento de Dios, Éste, como persona, es distinto de lo que crea.

          Si Dios crea todo con orden, con bondad y con su palabra inteligente, nos lleva a otra conclusión:



          f) Dios crea todo con Sabiduría. Oponiéndose a la idea materialista de que los seres han aparecido por la evolución puramente mecánica, es decir dirigida por la “casualidad” (este término es fundamental y a lo que se opone fundamentalmente la idea de creación por sabiduría), la Sagrada Escritura afirma que Dios ha hecho todo con su Sabiduría, como se desprende de los puntos anteriores vistos. Además vemos en otros pasajes bíblicos que “¡Cuán numerosas tus obras Yahvé! Todas las hiciste con sabiduría…!” (Sal 104,24a-b), “Yahvé fundó la tierra con sabiduría, estableció los ciellos con inteligencia; por su saber se dividen las aguas abismales y las nubes destilan rocío”. (Pr 3,19-20). También podemos ver esta sabiduría en que antes de la creación de las cosas, antes de que se plasmen en el mundo sensible, material, ya están presente en la “mente” por así decirlo, de Dios, ya las conoce, conocimiento que es signo de planificación de sabiduría y no de producción fruto del azar: “Antes de ser creadas, el Señor conocía todas las cosas, y, después de acabadas, todavía las conoce”. (Sb 23,20).

          Y más: “Contigo está la Sabiduría que conoce tus obras, que estaba a tu lado cuando hacías el mundo, que conoce lo que te agrada y lo que es conforme a tus mandamientos.” (Sb 9,9). La Sabiduría “está iniciada en el conocimiento de Dios y es la que elige sus obras”. Las obras de Dios son sabias en su totalidad, todo su obrar es sabio y proviene de sus sabios designios y se cumplen en sus sabios mandatos.



          g) Dios crea movido por su bondad. El amor de su bondad absoluta le movió a dar existencia a seres finitos, para hacerles partícipes de sus perfecciones. “Los padres [de la Iglesia] testimonian que Dios ha creado las cosas de este mundo no porque tuviese necesidad de ellas, sino para ‘verter sobre ellas sus beneficios’ (San Ireneo)…San Agustín dice: ‘Porque Él es bueno nosotros existimos’”[6].

          Ese es el motivo, y la finalidad la tenemos claramente expresada en el Concilio Vaticano cuando dice: “El solo verdadero Dios, en su bondad y por su fuerza todopoderosa, no para aumentar su bienaventuranza, ni para adquirirla, sino para manifestar su perfección por los bienes que otorga a sus criaturas, con libérrimo designio, justamente desde el comienzo del tiempo, creó de la nada una y otra criatura”[7]. (DS 3002). He resaltado los dos fines de la creación, el primero: la manifestación de la perfección de Dios, y el segundo que lo primero se hace por los bienes que distribuye a las criaturas. Con esto se da gloria a Dios, (de allí la tradicional sentencia que dice que el mundo fue creado para gloria de Dios) y también se da felicidad a las criaturas. “Estos dos fines de la creación se hallan inseparablemente unidos entre sí; pues glorificar a Dios conociéndole y amándole constituye la suprema felicidad de las criaturas racionales.”[8]

          Vemos esta finalidad en los siguientes textos entre otros de la Sagrada Escritura. “Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. ¡A Él la gloria por los siglos! Amén.”[9]. “para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y nosotros por Él”[10] [11], “porque en Él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, tronos, dominaciones, principados, potestades: todo fue creado por Él y para Él, Él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia”[12]. Y muy especialmente en mi opinión lo siguiente:

 
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales,
en los cielos, en Cristo;
por cuanto nos ha elegido en Él antes de la creación del mundo,
para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor;
eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo,
según el beneplácito de su voluntad,
para alabanza de la gloria de su gracia
con la que nos agració en el amado"[13]

          Luego de haber hecho estas consideraciones sobre la creación, (y que continuaré en otro post) una actitud que he tratado de cultivar es ser consciente cada día en primer lugar y en la medida de lo posible cada instante de mi vida, de este regalo que se me ha dado de la vida, vivir en acción de gracias por esta realidad, no tenía derecho a existir, nada lo exigía, sin embargo existo por la absoluta bondad y sabiduría de Dios, que de la nada me ha llamado a la vida y me llama a vivir unido a Él, desde ahora y en la eternidad. El hecho de levantarme cada día, ver la luz del sol, tener lo suficiente para vivir, me ha hecho vivir frecuentemente como si esto fuera y debiera ser así sin más, he vivido olvidando que detrás de todo esto, de cada criatura y de mi vida está Dios.
          Trataré de ver en cada ser creado, inanimado o animado y en cada ser humano en especial, la Presencia de Dios, admirar y asombrarme en lo cotidiano, ante cada detalle de la vida. Ir más allá, a lo profundo de la realidad, donde Dios habita. Las criaturas no deberán ser un velo que me cubran la presencia de Dios deteniéndome y pretendiendo descansar en ellas, sino que deberán ser escalones que me eleven a vivir en la Presencia de Dios.
          Y siendo yo parte de esta creación trataré de entrar a lo más hondo de mi mismo, allí donde Dios es más íntimo a mí que yo mismo como dice San Agustín, allí donde Dios está escondido como dice San Juan de la Cruz. Sí, si fui hecho a su imagen y semejanza, debo llegar a lo más hondo de mí, a mi yo verdadero, no ese yo exterior e ilusorio que es un cúmulo de deseos y apetencias desordenadas, no, debo llegar a mi yo verdadero, que no desea otra cosa que seguir los dictados de la libertad Divina, ese yo que es como un espejo en el que a la vez que Dios se refleja en él, se nos revela.
          Debo, vivir recordando que Dios está detrás de todo, que "en Él vivimos, nos movemos y existimos". (Hch 17,28) 
          






[1]  Nota al versículo 1 de la Biblia de Jerusalén.
[2]  El pensamiento pagano de la época tanto el mitológico como el filosófico no admitía un comienzo del mundo, un principio, sino más bien una existencia eterna de la materia. La concepción de la evolución era de tipo circular, expresada en las distintas variantes del mito del “eterno retorno”, radicalmente opuesto a la concepción lineal y progresista de la historia que tiene el pueblo hebreo.
[3]  La creación de la nada no excluye la creación evolutiva. “Según la evolución las cosas van apareciendo por la perfección de las inferiores hacia las superiores. Esto no significa aumento de ser sino cambio de estructura y forma. La creación evolutiva no se opone a la creación de la nada, porque en la evolución no aumenta el ser del mundo sino su perfección”. (Antropología Teológica Fundamental, Alejandro Martínez Sierra) Ver además la nota introducida en la primera Carta a Fabio sobre este punto en concreto.
[4]  La romana es un instrumento que sirve para pesar, usada incluso hoy en los ambientes rurales.
[5]  Doctrina conocida como emanantismo y panteísmo.
[6]  Ludwing Ott, Manual de teología dogmática, Sección primera, Capítulo primero.
[7]  Resuenan aquí las palabras de San Buenaventura cuando dice que Dios ha creado las cosas "no para aumentar su gloria, sino para manifestarla y comunicarla". Cita del Catecismo de la Iglesia Católica, nº 293.
[8]  Ludwing Ott, Manual de teología dogmática, Sección primera, Capítulo primero.
[9]  Rom 11,36
[10]  1 Cor 8,6
[11]  Es interesante la aclaración que hace a este texto una nota de la Biblia de Jerusalén que dice lo siguiente: “Aclamación bautismal en que se sobreentienden verbos de movimiento: ‘un solo Dios, el Padre, de quien todo (viene) y hacia quien nosotros (vamos) y un solo Señor, Jesucristo, por quien todo (viene a la existencia) y por quien nosotros (vamos hacia el Padre)’”.
[12]  Col 1,16-17
[13]  Ef 1,3-6
 

Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense... (Flp. 4,4)

 



Sabemos por propia experiencia y por la de los demás, que toda persona desea en todo momento la felicidad, desea estar siempre alegre, y experimenta esto como una utopía, como un vano deseo ya que habitualmente no logra esta permanente felicidad y alegría, sino sólo momentos, más o menos prolongados y más o menos intensos pero siempre lejos en intensidad y en permanencia de lo que nuestro fondo personal anhela.


Vemos en estas palabras del Apóstol sin embargo el pedido, el consejo, y sobre todo el mandato, ya que vemos usa el modo imperativo, de que estemos siempre alegres. Ya nuestra naturaleza, si no está gravemente alterada nos hace buscar ese mandato, "estar siempre alegres". Tratemos de ver entonces el cómo es posible llegar a ello. Cuál es la razón que puede fundamentar esa permanente alegría.
Si dijimos que por un lado nuestra naturaleza nos hace buscar el "estar siempre alegres", tenemos que reconocer que por otro lado, muchas veces y quizá la mayoría, ella nos orienta también en esa búsqueda de un modo o con una actitud, disposición, que no nos permite alcanzar esa permanente alegría. Y para prueba los hechos, ¿vivimos en permanente alegría?


Evidentemente no, y la causa es que mientras busquemos la permanente alegría en el gozo sensible o espiritual que nos reportan los objetos materiales, intelectuales o espirituales a los cuales perseguimos, mientras la busquemos en el estado de ánimo, en la posesión de determinadas cosas, en la comodidad, salud, bienestar, etc., etc. no lo lograremos. Iremos al vaivén de los acontecimientos, siempre con fatiga por alcanzar cosas y una vez alcanzadas con fatiga por mantenerlas, con temor a perderlas y hasta con desilusión porque no son tan dulces cuando las tenemos como pensábamos que eran cuando las deseábamos sin tenerlas. Y además y resumiendo, siempre será una alegría tan pequeña y frágil (contingente) como pequeña y frágil es la circunstancia, el bien o la persona que nos la da.


Por eso entonces fundamenta el Apóstol su mandato de permanente alegría en Aquello Permanente que sólo puede llenarnos completa y permanentemente, "Estad siempre alegres en el Señor". Sí, el motivo, fundamento y la fuente de nuestra permanente alegría es el Señor. En Él se calman nuestras ansias, se sacia nuestra permanente sed. "El que beba de esta agua" le dice Jesús a la Samaritana en el pozo de Siquem, "tendrá otra vez sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna». (Cfr. Jn 4,1-26)

El alegrarnos en el Señor permite que lo hagamos "siempre". Sí, siempre. Si la vida nos sonríe y poseemos como el dicho popular resume en el "salud, dinero y amor" lo que la gente suele desear de ordinario de la vida, podemos alegrarnos en el Señor primeramente y luego ver esos bienes como sus regalos. Pero ¿cómo alegrarse cuando la vida se nos hace adversa? Y nos preguntamos cómo, no si es posible, ya que si la Sagrada Escritura lo manda, posible es. Sí, es posible... Cuando perdemos la salud, cuando la traición golpea a nuestro corazón, cuando nos quedamos sin trabajo, cuando nos deja algún ser querido, cuando el cansancio y los achaques de la vejez son nuestros diarios compañeros de camino, cuando la angustia, la depresión y cualquier sentimiento amargo oscurece el horizonte de nuestros días, cuando descubrimos la miseria que somos, alegrémonos en el Señor. He allí el motivo de alegría, vivir en unión de amor con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, "el Señor está cerca", "no se inquieten por nada" dice el Apóstol en el mismo párrafo. Sí, alegrémonos por Él y en Él, no de las circunstancias de la vida, sino del Señor que siempre está cerca, "en él vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17,28) incluso como dice San Agustín "Dios es Aquél que es más íntimo que yo mismo". (Confesiones VI)

No nos detengamos en las adversidades, más bien incluso sirvámonos de ellas, por ellas podemos despegarnos, desasirnos de tantas cosas que nos hacen olvidar del Señor, algunas dañinas y otras que sin serlo en sí de todos modos nos entretienen y nos hacen olvidar lo único necesario. «Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria, María eligió la mejor parte, que no le será quitada» (Lc. 10, 41-42) Esas adversidades también podemos usarlas como penitencia y purificación de nuestros pecados, la vida misma nos hace hacer las penitencias que muchas veces por nuestra debilidad no nos animamos a realizar. Y como no, y sobre todo, podemos usarlas para colaborar unidos a Jesús, en la redención del mundo, de nuestros seres queridos, de nosotros mismos. Desde Jesús, el dolor puede tener sentido, utilidad, el dolor es salvífico, por el dolor y sufrimiento de Jesús hemos vuelto a la vida, hemos vuelto a ser hijos de Dios, hijos en el Hijo. "Ahora me alegro de poder sufrir por ustedes, y completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia". (Col. 1,24)

Si esto nos parece duro, poco probable y hasta inverosímil y la duda nos asalta, es porque esto es algo desconocido aún para nosotros.
Es necesario entonces que vayamos al encuentro de este Señor que está cerca y más adentro nuestro que nosotros mismos para que podamos experimentar el gozo de la permanente alegría. Emprendamos el viaje, vale la pena...






Yahvé Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?

El hombre, un ser "buscado"

   Así como vimos en la reflexión anterior que el hombre era esencialmente un ser en busca, veremos ahora como esa cualidad de su ser deriva de que anteriormente a dicha búsqueda y principalmente, el hombre es; un ser “buscado”.  Si el hombre busca a Dios como la cierva busca las corrientes de agua, (Cfr. Sal 42-43 (41-42) es porque antes Dios busca al hombre tal como el amado lo hace con su amada



Paloma mía, en las grietas de las peñas,
en escapados escondrijos,
muéstrame tu rostro,
déjame oír tu voz,
porque tu voz es dulce,
y tu rostro encantador
                                                                 (Cant. 2,14)


          Si antes destacábamos que la búsqueda del hombre en gran medida se fundamenta en su inacabamiento, su carencia, su necesidad de plenitud, su búsqueda de paz y felicidad eterna, vemos ahora que la búsqueda de Dios por el hombre es totalmente lo contrario.
           Dios no busca por necesidad, por carencia, sino por desbordamiento de amor, por pura libertad de compartir su plenitud. Busca para dar.

           
          En su misterio trinitario Dios es pura plenitud, puro Bien y Belleza y, por pura libertad amorosa, quiere compartir la plenitud de su vida siendo su primer acto de “llamada” su acto de creación. Esta es la primera vez que Dios “busca” y llama al hombre, lo hace creándole, dándole la vida y haciéndolo destinatario y heredero de su misma vida divina. Como un hombre y una mujer como fruto y expresión de su amor “buscan” tener un hijo, así Dios, infinitamente de un modo más perfecto “busca” y crea al Hombre. “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar,          en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.  Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. (Gn 1,26-27)
            Vemos así que es propio del hombre ser un ser “buscado”, no es fruto del ciego azar sino del amoroso designio divino, no surge espontáneamente de la nada para terminar en la nada con su muerte, sino que surge del “llamado” de Dios a compartir su vida divina.
            Así Dios que es esencialmente amor (Cfr 1Jn 4,8b), y su vida íntima es la comunidad de amor de las Tres Personas Divinas, hace al hombre a su imagen y semejanza, lo hace “para” el amor. Y cada vez que el hombre despreciará este esencial llamado de su existencia, llamado constitutivo de su ser, cada vez que despreciará esta invitación continua a la amistad con Dios, no dejará de ser “buscado” para la reconciliación, para la vuelta a la amistad, para la vuelta a la casa del Padre.
            Ya vemos en el origen de los tiempos, en las primeras páginas bíblicas, como el hombre, instalado en el jardín edénico de la amistad con Dios, al romper ésta buscándose egoístamente, no es abandonado por Dios. Rota la amistad por parte del hombre, éste, avergonzado de su situación, se esconde, se repliega sobre sí mismo, se encierra, mientras que Dios lo “busca”  Y oyeron la voz de Yahvé Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Yahvé Dios entre los árboles del huerto.  Mas Yahvé Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Gn 3,8-9.
            Luego de este primer desencuentro podemos ver en la historia sagrada, una serie de momentos caracterizados todos por esta cualidad del obrar divino, el salir al encuento del hombre caído, salir en búsqueda de su criatura amada que no deja de perderse una y otra vez en los laberintos inextricables de su orgullo egoísta.
            Y es esta búsqueda de Dios lo que puede explicar la búsqueda humana vista anteriormente. El hombre no puede buscar lo que no ha conocido de algún modo, no puede buscar algo que no sepa que existe, no puede querer gustar algo que de algún modo no haya gustado ya. La búsqueda humana no es una iniciativa, es una respuesta.
            Es una respuesta al amor primero de Dios “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de expiación por nuestros pecados” ( 1Jn 4,10).
            Dios busca al hombre con la abnegación e insistencia de un pastor: “¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la que se perdió, hasta que la encuentra” (Lc 15,4-5);  sí, de un pastor solícito y protector: “Porque así dice el Señor Yavhé: Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él. Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas. Las recobraré de todos los lugares donde se habían dispersado en día de nubes y brumas. Las sacaré de en medio de los pueblos, las reuniré de los países, y las llevaré de nuevo a su suelo. Las pastorearé por los montes de Israel, por los barrancos y por todos los poblados de esta tierra. Las apacentaré en buenos pastos, y su majada estará en los montes de la excelsa Israel. Allí reposarán en buena majada; y pacerán pingües pastos por los montes de Israel. Yo mismo apacentaré mis ovejas y yo las llevaré a reposar, oráculo del Señor Yahvé. Buscaré la oveja perdida, tornaré a la descarriada, curaré a la herida, confortaré a la enferma; (Ez. 34,11-16ª).
          Y porque busca, conduce y ama Dios de este modo al hombre es que éste puede decir luego “El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes pastos me hace reposar” Sal. 23 (22) 1-2.
          Sí, con el Señor nada me falta, "Sólo Dios basta" (Sta. Teresa de Jesús)

Tiene mi alma sed de Dios... (Sal. 42-43)


"Como la cierva anhela
las corrientes de las aguas,
así mi alma
te anhela a Ti, mi Dios.
Tiene mi alma sed de Dios
del Dios viviente.
¿Cuándo podré ir a ver
el rostro de Dios?
                                                                            (Salm. 42-43 (42-42), 2-3)



El Hombre, un ser en búsqueda           


             “El hombre por naturaleza quiere saber”; así comienza Aristóteles el libro de la Metafísica. Y es ésta una verdad fundamental sobre el hombre, ese hombre que apenas comienza a tener uso de razón no deja caer de sus labios un insistente ¿por qué?[1]
            “El hombre por naturaleza quiere saber”; y quiere saber porque no sabe; no sabe de dónde viene ni por qué, no sabe adónde va ni para qué, no sabe por qué existe el mundo en lugar de la nada, no sabe por qué sufre ni como poder evitarlo, no sabe por qué experimenta en sí numerosas contradicciones, (por qué queriendo hacer el bien hace el mal, por qué consiguiendo algo tan anhelado al poseerlo pierde su encanto); no sabe en fin cuál es el sentido de tanto trabajo en el vivir si al final lo espera, implacablemente la muerte.
            El hombre se revela así como un ser menesteroso. Un ser que necesita del “otro”. Tanto para nacer, como para crecer, desarrollarse y perfeccionarse el hombre necesita de la naturaleza, de los demás hombres y del “Otro” con mayúsculas. Su pobreza lo muestra como un ser que no se basta a sí mismo, un ser que no posee la plenitud del ser, un ser inacabado que gracias a su “apertura”, puede alimentarse del ser de “los demás”, y viceversa.  Es decir el hombre es un ser abierto y en relación.
            Esta dimensión relacional es constitutiva de la esencia del hombre, dimensión gracias a la cual puede perfeccionarse con el ser de los demás y perfeccionar con su propio ser al resto. Para ejercitar este impulso profundo que le abre al ser, el hombre comienza a “buscar”. El hombre es "un ser en busca".

            En esta búsqueda el hombre parte de su inacabamiento, de su necesidad, para satisfacerla, logrando con esta satisfacción un equilibrio que en sentido amplio podríamos llamar felicidad. Así vemos que las distintas potencias o facultades del hombre son como distintos “buscadores especializados” de lo que el hombre necesita; desde lo más elemental para mantener vivo su organismo hasta los más refinados y espiritualizados valores que aquietan su alma. Vemos también que esta búsqueda parece no tener fin; conseguido un objetivo, inmediatamente se nos presenta otro, logrado éste, uno nuevo nos mantiene en tensión; y así sucesivamente, dándonos la impresión que ese “estado perfecto en el cual se poseen todos los bienes”[2] es como la línea del horizonte que tanto se aleja de nosotros cuanto más nos dirigimos hacia ella. Y si algo busca el hombre, es ese estado en que ya no necesita nada más para “ser”, porque se ha “completado”, “acabado”.
            Y el hombre de todos los tiempos ha buscado en distintos objetos esa tan ansiada felicidad. Cada uno ha creído encontrarla en distintos bienes. Quien en el placer de los sentidos, quien en el placer del intelecto, quien en la ausencia de tensiones, quien en la posesión de fama y honores, quien en la posesión de la abundancia de bienes materiales, y así podríamos seguir señalando numerosas formas de concebir el objeto que nos hace felices[3]. Pero por más que imaginemos que alguien pudiera poseer todos los bienes imaginables tanto materiales como inmateriales, como dinero, fama, estima, amistades, etc. (cosa imposible), siempre serían bienes que se pueden perder, dada su intrínseca finitud y contingencia. Y así vemos que solamente un “ente tal que nada mayor puede ser concebido”[4] sería capaz de colmar esa sed de “ser” del hombre que es como un pozo infinito al cual sólo puede llenar un infinito. Este Ser Perfecto, que debido a su perfección también incluye la imposibilidad de perderlo una vez ¿“poseído”?, es el que los hombres de fe llamamos Dios y decimos con San Agustín: “Nos hiciste Señor para Ti, y nuestro corazón estará inquieto mientras no descanse en Ti”. (Confesiones I)
            Si tomamos la Sagrada Escritura, podemos ver en ella, entre otras cosas, la historia de esa búsqueda del hombre que está impulsada por el deseo más profundo del corazón humano, el deseo de lo "absoluto incondicionado", el deseo de aquello que sacia completamente al hombre y lo realiza, lo perfecciona; es decir la búsqueda de Dios.
            El mandato de Jesús, Buscad primero el Reino de Dios y su justicia”[5], es fiel a la tradición veterotestamentaria que refleja la necesidad y conveniencia de esa búsqueda: “Bueno es Yahvé para quien lo espera, para todo aquél que lo busca[6]; el libro de la Sabiduría empieza con esta exhortación: “Amad la justicia, los que gobernáis el mundo, tened buenos sentimientos para con el Señor y buscadlo con corazón sincero”[7]; que si bien se dirigen en una primera lectura a los que gobiernan el mundo, podemos hacer en una segunda lectura una extensión a todos los hombres ya que cada uno por lo menos es gobernador de su propio mundo, que constituye su propia vida. El término “justicia” citado aquí en el libro de la Sabiduría (como también lo vimos en boca de Jesús en Mt 6,33) quiere decir según nota de la Biblia de Jerusalén a Sab 1,1, “la conformidad completa del pensamiento y la acción con la voluntad divina, tal como ésta se halla expresada en los preceptos de la Ley y en la voz de la conciencia”. Esta búsqueda de Yahvé se manifiesta por lo tanto en la búsqueda del bien y en el rechazo del mal, un tema muy caro a la teología deuteronomista: “Mira, yo pongo hoy delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal”[8]; en los versículos siguientes se invita a optar por el bien que lleva a la vida y alejarse del mal que lleva a la muerte. Este tema que se conoce como la teología de “los dos caminos” es retomado en el inicio de otro libro que tiene mucho de sapiencial, el libro de los salmos (cf. Sal 1), lo mismo que aparece en la literatura profética (cf. Jer 21,8). Y esta conexión entre la búsqueda de de Dios y la búsqueda del bien (el derecho, la justicia, etc.) la muestra con claridad el profeta Amós si vemos los siguientes textos: “Porque así dice Yahvé a la casa de Israel: ¡Buscadme a mí y viviréis! ...    ¡Buscad a Yahvé y viviréis,...”[9] y también Busca el bien, no el mal, para que viváis, y que esté así con vosotros Yahvé Sebaot, tal como decís”[10].
            Vemos que la búsqueda de Yahvé también era realizada para conocer su voluntad y tomar decisiones “Josafat dijo al rey de Israel: ‘consulta en este día la palabra de Yahvé’…’¿He de ir a la guerra contra Ramot de Galaad, o debo resistir?’[11]. Para esta función de consulta de la verdad de Yahvé se recurría en el antiguio Israel a la Tienda del Encuentro: “Moisés tomó la Tienda la plantó a cierta distancia fuera del campamento; la llamó tienda del Encuentro. El que tenía que consultar a Yahvé salía hacia la Tienda del Encuentro, fuera del campamento”[12]. El israelita sabía que Dios todopoderoso guiaba al pueblo y más tarde comprenderá que guía la creación entera (tiempo del exilio), y es por eso que acude a Él buscando la verdad de todo lo que necesita saber. En la revelación neotestamentaria Jesús nos dirá que Él mismo es la Verdad (cfr. Jn 14,6a). Esta búsqueda de la verdad, que es búsqueda de Jesús, se prolonga luego de su muerte y resurrección, “Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis,…”[13]
            También podemos decir que el israelita busca a Yahvé para estar con Él y así gozar de su presencia, de su belleza; “Una cosa pido a Yahvé, es lo que ando buscando: morar en la Casa de Yahvé todos los días de mi vida, admirar la belleza de Yahvé contemplando su templo”[14]. Ese “estar” junto a Él es un deseo de estar unido, de ser uno con Él, es un deseo inscrito en lo más profundo de nuestro corazón, de nuestro ser, un deseo que orienta toda nuestra vida y que nos conviene mantenerlo puro para que la oriente de verdad y no quede ahogado, oscurecido y desviado finalmente hacia otras realidades que no lo saciarán y que engendrarán en nosotros la angustia, angustia por la nostalgia de la ausencia, angustia por lo efímero y caduco de nuestros apoyos, angustia por el sinsentido y la cortedad de miras de nuestra existencia al dirigirse hacia la nada, sí hacia la nada, ya que si no nos dirigimos hacia Dios nos dirigimos hacia la nada ya que fuera de Dios es la nada. Angustia en  fin de querer descansar en criaturas y de este modo terminar probando la amargura de la fugaz dulzura.
            El mismo Jesús nos ofrece esta posibilidad de estar junto a Dios, y de estar siempre, lo vemos por ejemplo cuando, luego de decirnos que nos enviará otro Paráclito (sostén, apoyo) en su lugar ante su vuelta al Padre, dice: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”[15]
            Este es el fin del hombre, morar junto a Dios, un fin que ya puede comenzar en esta vida, para completarlo y hacerlo de un modo perfecto y pleno en la vida eterna. Si este es nuestro fin apliquémonos con determinación a su búsqueda, busquémolo en la creación, busquémoslo en nuestros hermanos, busquémoslo en lo más interior de nosotros mismos...

«¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed, me tocaste, y abraséme en tu paz» (Confesiones 10)





[1] En el lenguaje popular se ha designado estos años, en que el niño se asoma asombrado al mundo como la “edad del por qué”.
[2]  Así definió Boecio la felicidad.
[3]  La historia del hombre podría estudiarse como los distintos caminos por los que aquél ha buscado ser feliz.
[4]  Así defina San Anselmo a Dios en su obra “Proslogion”.
[5]  Mt 6,33.
[6]  Lam 3,25.
[7]  Sab 1,1.                             
[8]  Dt 30,15
[9]  Am 5, 4.6a
[10]  Am 5,14
[11]  1 Re 22,5-6b
[12]  Ex 33,7
[13]  Jn 13, 33ab
[14]  Sal 27b4
[15]  Juan Pablo II, catequesis durante la audiencia gral. Del 5-7-2000.